ADVERTENCIA: Este blog posee un alto sentido social, político, cultural y, a veces, hasta ecológico; lo aquí escrito —a no ser que se indique— es de mi autoría y está protegido por leyes nacionales y universales que amparan los derechos de autor; si precisa de una colaboración, solicítamela. Hago saber que las imágenes aquí expuestas son tomadas de la red, de existir algún reclamo diríjalo al mail: rodyuricuevas@gmail.com y lo corregiremos. Nuestro enlace es: http://rodyuricuevas.blogspot.com/
Honor a quien honor merece: Martha
Heredia, la representante dominicana en Latin American Idol,
acaba, con su tan prodigioso cantar, de poner en el tope del asta universal
nuestra hermosa bandera tricolor; desde aquí le damos las gracias a la Baby
del sazón por poner tan en alto la dominicanidad y aprovechamos para
expresarle, muy firmemente, nuestro apoyo, cariño y admiración y decirle,
además, que, si le dimos seguimiento desde un principio, en su rol de cantante
aficionada, ahora, como interprete profesional, la apoyaremos con muchísimos
mayor entusiasmo. Éxitos en tu carrera de cantautora, Marthita, y que, de aquí en adelante, al junto
de tus futuros triunfos nacionales e internacionales, todos podamos gritar:
¡¡¡QUE VIVA POR SIEMPRE NUESTRA QUERIDA REPÚBLICA
DOMINICANA!!!
Muy humildemente de tu compatriota: Rodolfo Cuevas: 10/12/2009 a la 23:29 hora.
P.D.
Aquí tan sólo tratamos de dar honor a quien honor merece. En verdad ella hizo un
trabajo interpretativo memorable en un reality show que, con cantantes
latinoamericanos, se llevó a cabo, en Bs.As. Argentina, por cerca de tres meses y obtuvo el primer lugar contra Eduardo Aguirre, el representante de Costa Rica.
¡Qué Horror! El Idealismo ha muerto bajo las
poderosas, áureas y purulentas botas calzadas por el ciclópeo materialismo de
los mediocres, se oye afirmar a muchos en estos inciertos días; de ser
así, entonces deberíamos elevar un réquiem universal por los valores humanos
que, éste, tan dignamente representó, así como también, por todos aquellos que,
muy a rajatabla, lo cultivaban, lo esparcían y, plumas en ristre, hasta lo
defendían; mas sabemos que, en verdad, eso no es así, pues mientras entre los
seres humanos —aún sea en uno solo de ellos— exista un Don Quijote (idealista
por antonomasia), que conviva en extraña paz con su antípoda Sancho Panza (el
singular rey de la Mediocracia), el Idealismo pervivirá por siempre y el
trabajo de personas como Miguel de Cervantes y Saavedra (Don Quijote de
la Mancha), José Enrique Rodó (Ariel) y José Ingenieros (El
hombre mediocre) no habría sido realizado en vano.
Muy al propósito, el último de ellos sostuvo, en
cuanto a mediocres e idealistas se refiere, lo siguiente: Son dos mundos
morales, dos razas, dos temperamentos: Sombras y hombres. Seres desiguales no
pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el
servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, la hipocresía y la virtud.
La imaginación dará a uno el impulso original hacia lo perfecto; la imitación
organizará en el otro los hábitos colectivos. Siempre habrá dos fuerzas,
idealistas y mediocres... ...Los hombres sin ideales son cuantitativos: pueden
apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.
Y, algo más adelante, como queriendo hacer de tal frase la suprema apología del
idealismo, postuló: Sin ideales sería inconcebible el progreso.
Muy cierto es que, quienes crean o se sientan ser
idealistas, deben respetar los espacios de las mediocracias —que son muchas,
pero muchísimas más, pues el mediocre no es más que un hombre propio del medio
en que vive—; pero, asimismo, me parece que es sumamente justo y equitativo que
éstas permitan la saludable existencia de los idealistas; ya que, tales utópatas
y soñadores, son quienes, aún a costa de sí mismos —hasta de sus propias vidas
si se hiciese necesario—, edifican civilizaciones, crean sistemas y renuevan
sociedades e instituciones.
Todos sabemos que de necios es igualar a un
sobrio con un beodo, por tal razón fue que Antonio Machado —aunque
otros dicen que primero lo hizo Quevedo— versificó: Sólo el necio
confunde valor con precio. Así que en estos días, en que el mundo
celebra la llegada de las tradicionales Navidades y, tal y como
siempre sucede en dicha época, proliferan por doquier los Gil Blas, los Sancho
y los Tartufo, mantén tú la sobriedad elevada al más alto nivel, procurando a
la vez conservar con vida uno de los principios más valioso que posee la
humanidad: el muy excelso ideal de la solidaridad.
¿Cómo podemos hacer esto?, pues muy simple, doquiera
que vayas, aún sea por mera empatía con los demás, saluda a todos tus
congéneres con un: ¡FELIZ NAVIDAD!, o bien, otorga un obsequioa alguien, y así, de tan sencilla manera, verás que mantendrás encendida la tea
inmarcesible de la solidaridad.
El mundo se ha tornado extraño e incomprensible; en
él, lo mal hecho ha pasado a ser lo bien hecho y el malo ha ocupado el lugar
que antes le correspondía al bueno; los principios y valores, acuñados con
tantos esfuerzos y dedicación por nuestros ancestros, son ya cuestiones
extintas que han sido sustituidas por la vileza y el engaño; los heroicos
prototipos del ayer, hoy sólo son risibles caricaturas de vagos idealistas que
sueñan con la utopía de crear un mundo mejor; pues, aquí en la vida real, los
hampones y villanos resultan mil veces más valiosos que ellos; ya que, un gramo
de estupefaciente, un asalto a mano armada o un secuestro express,
resultan, materialmente, mucho más productivo que leer o crear un cuento, un
ensayo, una novela o un poema.
El mundo se ha trocado en una gigantesca e
inexplicable Torre de Babel, en una inmensa jaula de locos en donde
nadie cree ya en las verdades absolutas, sino en las mentiras acomodaticias que
les sirven los periódicos y telediarios dominados por el oro corruptor
proveniente de los criminales imperios del mal. Hoy sí es verdad que resulta
aplicable aquel viejo refrán que, desde hace tiempo, pregona: En este
mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal
con que se mira.
Aún así, a pesar de lo cruel y desesperanzador que
resulta ser el choque frontal con la cruda realidad de la vida, le advierto a
los sicarios de la maldad que, los guerreros del bien, no les tenemos miedo y,
desde aquí, desde esta humilde tribuna digital, nos mantendremos siempre
vigilante, clamando en el árido desierto de la esperanza...
La lucha entre el Bien y el Mal es una litis inmemorial; es, de las
numerosas batallas libradas por la humanidad en su secular existencia, la más
importante de todas; nosotros, los hombres de buena voluntad, aspiramos a ganarla
para imponer el Bien, pero los soldados del Mal nos sacan ciertas ventajas, ya
que, ellos, no tienen porque apegarse al cumplimiento de las leyes y nosotros
sí, pues debemos servir de ejemplo a los demás. Debemos admitir que ser un
guerrero del Bien conlleva obligaciones que no constriñen a los malvados, razón
ésta por la cual nos mantenemos a la zaga de aquellos que defienden la causa de
la maldad. De aquí resulta que, a los guerreros del Bien, se nos exija poseer
principios, virtudes y cualidades morales que no se le exigen a los abanderados
de la criminalidad; y, como ya vimos, también se nos exige —y esto a rajatabla—
cumplir con todas las disposiciones sociales, legales y hasta espirituales. A
un guerrero del Mal le es muchísimo más fácil corromper a un bueno, que a un
bueno captar a uno de ellos para servir en el área del Bien; pues, tales, viven
convencidos de que la maldad deja mucho más que la bondad; lo cual, en verdad,
no es real, ya que, según decía Edmund Burke, todo lo que un hombre de
bien debe hacer para que el mal triunfe sobre el bien es: no hacer nada.
Vemos así, como el Mal hoy tiene postrados a casi todos nuestros países
hispanos; y como los malos hábitos y delitos de todos tipos, aupados por el
auge de las drogas, la competencia y el facilismo social, colman las calles y
avenidas de sus barrios y suburbios más paupérrimos, amenazando ya con ubicarse
en los sectores más elitistas de tales sociedades; en tanto que, quienes dicen
o creen ser los mejores guerreros del Bien, se muestran indiferentes ante el
inaudito crecimiento de dicho flagelo. Por tales motivos, desde aquí —muy humildemente—
hago un llamado a todos aquellos seres que creen en la generosidad humana para
que empleemos nuestros bondadosos hechos como poderosas espadas a fin de hacer
prevalecer la causa del Bien sobre la del Mal; pues, convencido siempre de que la
vida es la antesala de la muerte, creo que la existencia humana no vale
o no ha valido la pena si ésta no aporta su exigua cuota de bondad para que el
Universo —nuestra casa en común— sea un poco mejor; ya que, así, tal y como
dijo Bosch, resulta ser: aquel que no vive para servir, no sirve para
vivir.