lunes, 10 de agosto de 2009

EN PRO DE NUESTRO COLECTIVO TURNO AL BATE



«La democracia no es el silencio cómplice, es la
claridad con que se exponen los problemas
y la existencia de medios para resolverlos»
Enrique Múgica Herzog

Nosotros, aquí en Dominicana, contamos con los recursos humanos, más que necesarios, suficientes para reorientar este Estado, postrado por la corrupción política, la delincuencia social y la narcoactividad, hacia el norte de una democracia institucional más justa y moralizada; mas, no lo hacemos porque —si bien no todos— la generalidad de los dominicanos —como los furibundos amantes del béisbol que somos— vivimos aguardando nuestro particular y siempre anhelado turno al bate, a fin de poder también enriquecernos cebándonos en el pellejo que aún queda de la res pública que, para los corruptos y prevaricadores viene siendo la República.

Si observamos detenidamente, y sin temor, veremos como el Congreso Nacional —el primer poder del Estado—, en el colmo del cinismo político, pretende siempre limitar, y no precisamente para bien del país, el número, el poder y hasta los salarios de los componentes de otros poderes, en tanto que, equivalentemente hablando, sus miembros se aumentan los suyos propios, y utilizan su gran poder constitucional para asignarse muchos otros tipos de prebendas, lo cual les permite disfrutar de largos y muy ventajosos turnos al bate.

Colegiremos que a la actual Suprema Corte de Justicia, y a los consabidos compañeros de aventura que en tal nao navegan, no puede interesarle jamás que la Constitución Nacional sea adecuada a fin de lograr un correcto funcionamiento institucional del Estado, porque a ellos lo que en realidad les conviene es mantener una dictadura judicial —la cual ya va por 12 años— que le permita seguir siendo los garantes del desorden constitucional imperante; llevando a cabo, sin supervisión ninguna, las travesuras que desde tales litorales se realizan, metiendo cuco y hasta cancelando a todos aquellos jueces que pretendan o crean ser ciertamente independientes; en tanto que, ellos, sí permanecen con el madero en las manos agotando a perpetuidad su vitalicio turno al bate.

Más que sorprendido, azorados, veremos como el Poder Ejecutivo, en vez de combatir, alienta la corrupción gubernamental, saliendo —cual gallina que resguarda a sus débiles polluelos— en defensa de sus corruptos funcionarios, en vez de proceder a someterlo a la acción de la justicia. Y, sumamente impactado, apreciaremos como las instituciones que conforman este macropoder del Estado permanecen anquilosadas por falta de gerencia e institucionalidad, lo cual le impide cumplir a cabalidad con sus sagradas funciones estatales. Ejemplos a granel tenemos: el Ministerio Público, sólo para iniciar, no cumple con sus delicadas funciones porque, primero, está completamente integrado por compañeritos de los comités de bases —del partido que agota su turno en el gobierno—, los cuales, llegados allí con un saco vacío cada uno, proceden a llenarlo, a fin de concluir con éxito su tan esperado turno al bate; y, segundo, porque sus integrantes no son, en realidad, independientes para cumplir con sus sagradas funciones, pues no conviene a los políticos nacionales —ni a los del gobierno actual ni a los de pasados gobiernos— crear un Consejo Nacional del Ministerio Público correctamente estructurado, a fin de darle independencia a tal organismo, pues lo que más conviene, a todos allí, es seguir agotando su turno al bate bajo la premisa aquella de que en mar revuelto, ganancia de pescadores.

Otros ejemplos muy notorios de desinstitucionalidad nacional lo constituyen la Cámara de Cuentas, la Junta Central Electoral y la Contraloría General de la República, instituciones éstas que, a pesar de ser contrapesos de los poderes públicos, son aquí dependientes, en su estructuración, funcionamiento y administración, del Poder Ejecutivo y, a su conveniencia, tal macropoder del Estado limita su independencia, funcionabilidad e institucionalidad; pues no conviene a los políticos nacionales —que hoy agotan o ayer agotaron su turno al bate— que el país tenga instituciones ciertamente funcionales e independientes que puedan supervisar, juzgar y hasta castigar, si es necesario, sus punibles actos. Lo que, a ellos, les conviene es tener allí testaferros que puedan partidariamente representarles y sentirse, éstos mismos, conforme con la oportunidad que, a modo de borona, los políticos les han otorgado a fin de que puedan pararse en el Home Play a agotar, cada uno de ellos, su particular turno al bate.

Así vimos como se promulgó aquí —con muchísimas alharacas— un Nuevo Código Procesal Penal supuestamente avanzado, pero no vimos que, en torno a él, se crearan las agencias policiales que le otorguen funcionalidad, operatividad y credibilidad, entiéndase bien una Policía administrativa, que funcione como un cuerpo verdaderamente auxiliar de la Justicia, y no la copia de Ejército que actualmente poseemos como tal, y otra investigativa, adscrita de manera funcional a un Ministerio Público totalmente independiente.

Vimos estupefacto, como un general policial, que, gracias a sus elevados estudios, percibe la disfuncionalidad e inconstitucionalidad de la Policía y se atreve a exponerlo por el bien de la institución es, por este gran pecado, mandado a freír tusas hacia su casa acusado de socavar las bondades militares del sistema en que vivimos. Por todos los medios de prensa vemos y escuchamos hablar muy constantemente de la estrecha relación de algunos miembros de los cuerpos castrenses con integrantes de la narcoactividad; también escuchamos las acusaciones de sicariatos que caen y recaen sobre algunos de sus componentes, pero nadie se atreve a poner el cascabel al gato en tales inmediaciones, impulsando seriamente las consabidas reformas que rescatarían y limpiarían, de lacras y escorias dañinas, a tan necesarias instituciones nacionales.

Lamentablemente vemos que aquí no poseemos ni democracia ni partidos políticos, pues, lo que tenemos es una Plutocracia Nacional —gobierno de los más ricos— que, apoyándose en tres franquicias principales, mal administra la nación. Aquí el rico es cada día mucho más rico y el pobre mucho más pobre. Y los supuestos partidos, muy bien gracias; para mí, éstos, más que partidos, constituyen pequeñas confederaciones de grupos o tendencias, creadas al interior de una agrupación signada por el prestigio de un caudillo x ya fallecido. Y tales uniones —a las cuales no le interesa bajo ningún concepto que el país cambie— sustentan sus actividades sobre el cadáver de una dictadura descabezada hace ya medio siglo, pues sus instituciones son las mismas de tal régimen. Si nos fijamos bien el sistema político por ellos instaurado es lo más semejante a un acueducto que posee tres llavecitas de agua de diversos colores, una de las cuales, al llegar su turno, se abre para dejar escapar un chorrito de la misma agua de siempre.

Vemos muchas más disfunciones en este caótico país: monseñores, obispos y sacerdotes que se lucran con los bienes del erario público; apóstoles y reverendos cristianos que clientelizan sus iglesias trocándolas en comités de bases para así acceder a un puesto administrativo que le permita nombrar luego hasta el último de sus feligreses; y vemos a corruptos funcionarios gubernamentales —que, en su interior, se piensan presidenciables, pero en realidad son presideriables— aprovecharse de sus cargos para nombrar allí hasta a sus propias bisabuelas, muchas de las cuales tienen ya más de veinticinco años de muertas. Pero, en honor a la verdad, ellos piensan que todos debemos aceptar que tan sólo están agotando y, por ende, aprovechando, su apreciado turno al bate. Pues no coligen que: Se puede engañar todo el tiempo a una parte del pueblo y a todo el pueblo una parte del tiempo. Pero no se puede engañar todo el tiempo a todo el pueblo.

Excusen mis verbales transgresiones, señores politiqueros, bien sé que esto aquí es totalmente suyo, pues lo heredaron de Trujillo; pero es que yo, al igual que la mayoría de los dominicanos, sueño con ver llegar al poder a un selecto Equipo Nacional encabezado por un verdadero manager —no por un mesiánico caudillo— que se dedique a agotar turnos al bate que ciertamente redunden en beneficio y no en perjuicio del pueblo dominicano. Eso queremos y debemos propiciar todos con nuestra participación electoral, un formidable conjunto de verdaderos bigleaguers políticos que, con renovada e institucionalizada energía, agoten por nosotros nuestro colectivo turno al bate.