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Estamos en el denominado «Mes del amor y la amistad»
y, continuando en la misma tónica romántica de la poesía anterior, quiero
obsequiar a todos mis amigos y amigas con el siguiente micro-relato. Espero lo
disfruten.
EN LA CÚSPIDE DEL ÉXTASIS
En el supremo instante en
que Ángel Ramón cayó de bruces, sepultando sus carnosos y ardientes labios
entre el amoniacal aroma de aquel púbico jardín, Milennys, comenzó a escuchar,
con absoluta nitidez, como brotaban de su cuerpo los armónicos sonidos
provenientes de la sacra sinfonía del amor; más luego, él la poseyó a cabalidad
y ella —feliz y muy acompasadamente—, culminó perdiéndose en la envolvente
vastedad de la infinita pasión... y... nunca jamás salió de allí (de aquel dulce
y placentero extravío en que junto a él se sumergía) hasta no sentir saciado a
plenitud, uno por uno, los más urgentes anhelos de su carne...
Para el mes del amor, nada mejor
que un espisodio de la vida real. Esto sucedió el pasado sábado 30/01/2010;
mi amiga y yo nos encontramos,
fortuitamente, a la 5:00 p.m. en la estación Máximo Gómez del Metro de Santo
Domingo; y, a pesar de lo mucho que teníamos sin vernos, al saludarme, ella me
estampó un dulce y apasionado besos que, como es obvio, concluyó haciéndome
recordar tiernos momentos vivido a su lado e inspirándome las letras de este
romántico poema. Espero que éste sea del agrado de mis queridos amigos, pues
yo, al igual que Gabo García Márquez, escribo para que mis amigos me quieran
cada día un poco más.
Esta entrada no significa que ya
me haya olvidado del desastre ocurrido en el hermano país de Haití; pues, en la
parte superior del costado lateral derecho de mi espacio, podrá leerse el poema
La tierra está bramando, el cual estará allí por un buen tiempo.
Pido perdón por el hecho de continuar con el ya casi
olvidado caso haitiano, pero esta nueva entrada está motivada en los diversos
comentarios hechos a la publicación anterior por mis amigos y seguidores; mi
propósito, en ella, es aclarar algunos conceptos históricos que, en dichas
acotaciones, se tocaron. A todos le digo: Mil gracias por su firme apoyo...
HAITÍ, EN EL VÓRTICE HEGEMÓNICO DEL MAL
«Debió ocurrir un terremoto
en Haití, la capital quedar destruida y miles de ciudadanos morir bajos los
escombros para que los ojos del mundo pudieran fijar su atención sobre Haití,
cuyo drama humano desborda y llega ahora a su extremo, pero viene de lejos.»
Fragmento noticioso tomado del periódico Listín Diario, columna Sondeo
del periodista dominicano Luis Encarnación P.
El mal ha
posado ese poderoso aguijón de muerte, desolación y desesperanza que posee
entre sus protervas alas, sobre Haití, el cual, sin duda alguna, es el país más
empobrecido de América. Sabemos que allí ha acaecido una tragedia natural sin
parangón en nuestro continente; mas, a mí, que nadie pretenda venir a
sustraerme a los líderes políticos haitianos, latinoamericanos y mundiales de
sus responsabilidades ante tal suceso, para, entonces, correr a echar la culpa
de tan infausta desgracia a Dios o a la Naturaleza misma, seres éstos que, al
no estar presente en la Tierra, no podrían defenderse de los cargos imputados.
Tampoco deseo ver que quieran acusar a dichas entidades, de la galopante e
incontrolable corrupción gubernamental, de la siempre creciente cifra negra de
la delincuencia, de las grandes facilidades operativas otorgadas por las autoridades
(todas) al narcotráfico internacional, de los múltiples vicios —por faltas de
una adecuada supervisión y control estatal— en las construcciones públicas y
privadas, ni, mucho menos, del ominoso hecho de que tal país, al igual que
muchos otros de la región, se haya convertido en muy promisoria tierra de
nadie.
Haití —tierra
alta, en lengua aborigen—, la parte occidental de Quisqueya,
la Hispaniola o Isla de Santo Domingo, se originó
con la despoblación de esa parte de la isla ordenada en 1603 por el rey
español Felipe III y llevada a cabo por el gobernador Antonio de Osorio de 1605
a 1606 (razón por la cual se le denominó Devastaciones de Osorio). Tal y como
indica el sentido de la palabra devastar, se despobló esa zona de la isla para —sea por impotencia, miedo u omisión—
permitir las acciones delictivas de bucaneros, corsarios y filibusteros,
especies de aventureros y delincuentes europeos de la peor calaña (a los
cuales, muy estratégicamente, se unían los negros esclavos que, logrando
escapar de sus amos blancos de la parte oriental de la isla, se refugiaban en
aquellos lugares en busca de libertad), y arrasaban y desolaban los territorios,
poblaciones y mares cercanos y, más luego, corrían a esconderse en la impunidad
que le brindaba aquel descampado santuario del crimen.
Hoy como
ayer, los contrabandistas de todas layas —como los bucaneros, corsarios y
filibusteros modernos que son— les interesa mantener al Estado haitiano
descabezado, sin autoridades ni control organizacional de ningún tipo; pues
sabemos que se dice, en lo referente a la falta de organización, que a
mar revuelto, ganancias de pescadores; y, muy al propósito del vocablo
organización, decía Napoleón Bonaparte: Quítenme los ejércitos, quítenme
los recursos económicos, quítenme los alimentos, pero no me quiten la
organización, porque sólo sin ella estaré perdido; y, precisamente, eso
es lo que, los imperios terrenales, han eliminado en Haití: La Organización, ya
que, allí, no existen instituciones de ninguna clase y los gobiernos no son más
que meras figuras decorativas que, aupadas por los espurios intereses creados,
buscan proporcionar una falsa imagen de democracia...
Lo que no
puedo entender es por qué razón Latinoamérica —Haití es parte esencial de ésta
y no de África, como creen algunos despistados—, ha permitido tan pasivamente
que, con referencias a tales casos, se nos aplique aquel famoso y eficaz divides
y vencerás; tampoco por qué razón si América —la de los
norteamericanos— es de los americanos y si Europa ha creado con
éxito su Comunidad Económica Europea, nosotros, los latinoamericanos, no nos
integramos en un solo bloque que, con objetivos, recursos y organismos comunes,
nos permitan protegernos y socorrernos mutuamente, antes eventualidades como
las recién acaecidas a nuestros hermanos haitianos... Es indudable que
nosotros, los latinoamericanos, integrados en un solo bloque, seríamos
autosuficientes y mucho más fuertes y eficientes (económicamente hablando;
pues, la violencia, en cuestión de desarrollo, cae en un segundo plano) que
cualquiera y, lo que es mejor, jamás tendríamos que vernos en la penosa
necesidad de soportar que los maléficos imperios del mal —que todos sabemos
cuales son— jueguen con nuestras muy ocasionales desgracias...
Hoy vemos que
Haití, nuestro hermano en común, está envuelto en el vórtice hegemónico del mal
y, como se trata de un país que nos posee ni diamantes ni oro ni petróleo
—aunque sí una gran dignidad humana—, no puede interesar jamás a quienes se
creen los supremos guardianes del mundo. Hoy parangonando el I
HAVE DREAM de Martin Luther King hijo, quiero acotar que yo también
poseo un sueño (sé que es una utopía, pero es mi sueño): El sueño de una
Latinoamérica unida, en donde sus hijos seamos valorados por nuestras
condiciones, capacidades e ideales humanos y no por el simple color de nuestra
piel...
Haití,
amigos, es un pueblo inherente a toda Latinoamérica, por ende, es nuestra
responsabilidad reconstruirlo y extirpar el caos que, desde tiempos
inmemoriales, allí se ha enquistado; pues La Maldad
no prevalece sobre la humanidad por el expreso deseo de quienes hacen el mal,
ya que, éstos, minoría son, sino por la permisividad y omisión de aquellos que,
aún detentando autoridad y poder para detenerla, permiten que ésta se
practique; por tanto, como país latinoamericano que éste es, tiene todo el
derecho a existir y prosperar en santa paz... Por eso desde aquí les digo: Fuera
de allí contrabandistas, narcotraficantes, proxenetas y oportunistas de todas
layas; fuera de allí paramilitares ladrones y políticos corruptos; fuera de
allí, de una vez y para siempre, imperialistas y serviles, fuera de allí hordas de malvados y
delincuentes...
«Los políticos de nuestros países —los cuales, históricamente, no han sabido educar a nuestros pobres pueblos y que, en el ánimo de enriquecerse a costa del erario público, nos han convertido en cuna del imperialismo, de la corrupción y del narcotráfico— son los mayores culpables de nuestras vicisitudes y catástrofes —incluyendo hasta las naturales—, ya que, a mayores vicios de construcción en los edificios públicos y privados, mayores serán las desgracias ocurridas. ¡Analícelo usted muy detenidamente y verá!»
UN GRITO SOLIDARIO POR HAITÍ
Haití y Dominicana, pueblos hermanos
y alas geodésicas de un mismo pájaro son,
pájaro éste que, muy a duras penas,
transita con su pesada carga a cuesta
por entre los exigentes cielos de la vida;
hoy, ese pájaro insular, está herido,
herido de muerte en su ala occidental;
hoy, hasta el tropical calor humano
emanado de nuestros gemelos pueblos,
amainado está por la lúgubre frialdad traída a la isla
por la siempre intempestiva llegada de la muerte;
hoy Dominicana llora, con impotencia suprema
—aunque nunca jamás cruzada de brazos—,
la postración inevitable de nuestro hermano siamés;
hoy imploramos desde aquí, desde el ala oriental
de Quisqueya, mucho más que en un canto, en un grito
desgarrador por el dolor de nuestros más cercanos vecinos,
porque millones de manos solidarias apoyen, pero ya mismo,
la pronta recuperación del siempre valioso pueblo de Haití;
recordemos hoy aquí que, así, tal y como lo dijo Terencio,
resultará ser siempre, y mucho más aún ante las inefables
desgracias naturales que, sin avisar ni tocar, caen como rayos
sobre diversos segmentos humanos, dijo él y dijo muy bien:
Como el humano que soy, nada humano me es ajeno...
cuestión ésta que, en el más llano lenguaje, se traduce como:
Lo que hoy ves que se hace por el destrozado Haití,
mañana podría estar haciéndose por ti...
Solidaridad, desprendimiento, filantropía y algo más,
es cuanto necesitamos para hacer avanzar la humanidad
hacia estadios superiores de bondadosa hermandad...
Para con Haití, elevemos hoy, al más alto grado posible,
“Perdonen la posible
carga de crueldad que, su espíritu sensible, pueda detectar en este relato;
pero, como habitantes de un mundo loco, dominado por el flagelo de las drogas,
debemos comenzar a asimilar que la realidad —de donde fue extraído este
cuento—, pura realidad es... y visto está que, el narcotráfico, si no se le
combate con bravura y determinación, concluirá acabando con la sociedad
humana.”
El autor.
SUPERMAN AL RESCATE DE SU ABUELA
En décadas anteriores el crack —un derivado barato de la cocaína— tomó
por sorpresa las calles y avenidas de la populosa ciudad de Nueva York y,
juntos a éstas, los cerebros de todos aquellos cabezas huecas que, muy desesperadamente,
buscan escapar de la cruda realidad de la vida a través de las falsas
claraboyas que les proporcionan los alucinógenos; y, como sucede que, estos
seres, viven envueltos en una banal e ilusoria existencia, culminan provocando
una serie de hechos estremecedores que conturban los sensibles espíritus de
todos aquellos que aún permanecen en la vida real.
Tal fue el caso de Juan Luis Placencia, un joven dominicano que, haciendo
el periplo desde su país a Puerto Rico —vía yola—, y desde allí a Nueva York
—luego de casarse falsamente para obtener sus documentos de viajes—, concluyó
radicándose en el decimoctavo piso de un rascacielos juntos a tías, primos, primas y abuela. Dicho joven, como casi
todos los que arriban a La Gran Manzana, llegó soñando con una
vida plena en realizaciones —el llamado sueño americano—, mas se
encontró de frente con el fuerte choque cultural y la, para él, infranqueable
barrera del idioma, ya que odiaba este y cualquier otro tipo de aprendizaje; al
cabo de un tiempo se vio sin trabajo y sin metas definidas que seguir, razones
por las cuales terminó envuelto en el tenebroso mundo de las drogas —el
denominado universo de la vida fácil— y no sólo cayó en su
distribución y venta, sino también en el uso y abuso de su consumo.
Sus tías, primos y primas, al verlo ahora envuelto en dichas ilícitas
actividades, le pedían encarecidamente que se marchara de la casa; mas, él
pensaba: “¿Cómo lo hago si todo lo que obtengo con la venta de estupefacientes
vuelvo a reinvertirlo en mi personal consumo de crack?” Tan sólo su abuela, una
viejecilla añosa, parapléjica y confinada a una silla de ruedas, mantenía el
más absoluto silencio —quizás ésta ni hablaba ya— en torno a la situación que
éste vivía. Por tal motivo, alegaba él sentirse sumamente identificado con ésta
y su delicado estado de salud, tanto así que decía estar buscando afanosamente
una fórmula para curarla. Según decía, sabía, por boca de un hindú que era su
más asiduo cliente, que en algunos lugares de la India solían curar la parálisis
proporcionando un buen susto a quien la padecía.
Un buen día, muy temprano en la mañana, dicho joven se apareció con un
bien confeccionado traje de Superman, su tía mayor —por cierto la más
cascarrabias de todas— le preguntó que si pensaba asistir a alguna rezagada
fiesta de disfraces, pues, que ella supiera, ya Halloween había pasado; mas,
él, le contestó que no, que sólo quería demostrarle a todos ellos que —si así
se lo proponía— era capaz hasta de salvar al mundo. Sus parientes quedaron
pasmados ante tal respuesta, pero, pensando que ésta era producto de sus
quiméricas elucubraciones de cocainómano, decidieron marcharse hacia al trabajo
dejándole, como hacían siempre, en compañía de la abuela; total, ellos eran
quienes mejor se llevaban en aquel extraño hogar; pues, con él, ella comía sus
alimentos y se tomaba sus medicinas mucho más fácil que con todos los demás.
Tan pronto como Juan Luis se vio prácticamente solo, se suministró su
correspondiente dosis de crack, se puso su vistoso traje de Superman y, acto
seguido, tomó en brazos a la frágil viejecilla, a quien concluyó arrojando por
una de las ventanas de aquel decimoctavo piso hacia al incierto vacío; para,
muy inmediatamente, lanzarse él tras el pronto rescate de su estimada abuela...
Muy estimados amigos y amigas,
estamos ya de regreso y aprovecho para desearle un 2010 pletórico
de muy felices parabienes; o sea, les deseo que tengan en éste, que apenas acaba
de comenzar, el mejor de todos sus años de vida. Gracias les doy por su
presencia en mi existir; gracias les doy por sus comentarios y consideraciones;
gracias les doy por el amor y el respeto con que me tratan. Aquí, en mi primera
entrada de este año, le dejo con un poema bastante personal; espero les guste
tanto como me gusta a mí. Así que, por su apoyo sin condiciones, gracias del
alma.
LA POESÍA, MI PERENNE COMPAÑERA
A mi hermana Gladys María
Cuevas Batista (Marilyn); pues,
tú, al regalarme el libro Enamorado
de la paz,,de Danny Rivera,
me inspírate el
mágico cantar de este poema. Te quiero mucho.
Soy, lo que se dice, un ser
socialmente soltero
y sin compromisos maritales
algunos,
razón, ésta, por la cual muchos,
muy a menudo,
me inquieren: «¿Por qué está tan
solo?»
Hoy aprovecho la ocasión para
responderle:
«No, nunca jamás estoy solo; pues,
desde que vi
la luz de la existencia, la poesía
perennemente
me acompaña, guiándome, entreteniéndome
e instruyéndome con su ritmo, su
rima,
sus imágenes y su antiquísimo
trovar,
por entre los amplios caminos de la
vida;
ella es mi gran e inseparable
compañera, y lo es aún
más, en los mal denominados
instantes de soledad;
ya que, en verdad, ésta no existe
ni existirá jamás,
pues, se trata tan sólo de un
particular estado mental.
Gracias a Dios que, para mí, la
soledad, no es más
que la madre indiscutida de la
creatividad;
y, ella, conduce a la poesía a
vivir dentro de mi ser,
inspirándome a crear mis versos con
gratificante placer
y acompañándome con el melódico
trinar de su canto
y sus múltiples y siempre bien
matizados encantos.
Por tales motivos, yo, nunca jamás
estoy o me siento estar
solo; pues, en todos aquellos muy
aparentes momentos
de tristezas, de amarguras o de
extrema soledad,
la poesía me impregna, me bautiza y
hasta me santigua,
dotándome con el supremo galardón
de la creatividad
y guiándome a vivir en esa paz que
tan sólo puede dar la libertad.
Autor: Rodolfo Cuevas:
27/12/2009; todos los
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