Bueno el 2011 ya está aquí, no hay tiempo ni siquiera
para poder mirar hacia atrás; ha llegado cargado de retos, de empresas, de
metas y de proezas que debemos realizar, vencer o superar y la única manera de
poder felizmente realizarlas, vencerlas o superarlas es: plantado cara a la
vida; por tanto, parientes, colegas, amigos y seguidores, les dedico, con muy
inmenso amor, mi poema SOBRE LA CÚSPIDE DE LA TORMENTA. Espero
que éste sea de su agrado. Les deseo que tengan todos un próspero y muy exitoso
2011, pleno de bendiciones y éxitos, son mis más sinceros
parabienes para ustedes, amig@s queridos.
SOBRE LA CÚSPIDE DE LA TORMENTA
Amigos, la vida es ciertamente un
tanto complicada;
los comprendo y justifico sus bien
fundados temores
pues —todos— quisiésemos que la
nuestra, nuestra
particular y muy exquisita manera
de existir, discurra
tal cual si viviésemos en un
plácido y bienoliente jardín
en donde, por siempre, florecerá la
radiante primavera;
mas, bien sabemos todos que eso no
es posible y que,
aún cuando así todos lo queramos,
nunca jamás lo será;
ya que, aquí en la vida real,
debemos batallar a diario
por alcanzar la excelencia en
cualquier empresa
que iniciemos o cosa que nos
propongamos hacer.
Sabemos ya que “basta a cada día
con su propio afán”;
y que la vida, cual un gigante
dormido, despierta
y se despereza aplastando, sin
sentirlo, a todo aquel
que se ha quedado amodorrado o
rezagado en sus afanes.
Sabemos ya que la Vida no es más
que la sutil antesala
de la Muerte y que, ambas unidas,
son tan sólo dos caras
adversas de una misma moneda: La de
la madre Naturaleza.
Entonces, me pregunto, ¿por qué
razón temer a una o a otra?,
si, a resumidas cuentas, venimos a
la vida a realizarnos
y no a morir, ya que, dependiendo
del grado de realización
que logremos alcanzar, hasta en
seres inmortales nos trocamos,
y, en tal caso, el morir —más que
morir— sería trascender.
Si sabemos ya que, para cada ser
humano en particular,
“todo es —siempre— según el color
del cristal con que se mire”
y que, muy irrefutablemente, “cada
cabeza es un mundo”,
¿por qué debemos vivir como el otro
desea que lo hagamos?
Si colegimos que, cada vida en sí
misma, tiene una misión
distinta que realizar aunque,
finalmente, ésta resulta en ser
complementaria a las misiones
conllevadas por las demás,
¿por qué no cumplir, entonces, con
nuestra nimia encomienda?
Si sabemos que “no existe un peor
necio que aquel tonto
que se cree un gran sabio partiendo
de su propia opinión”,
¿por qué razón debemos continuar
bramando y pastando,
cual si fuésemos rumiantes
cualquieras, sobre la ínfima
nimiedad de nuestra mínima y
particular sabiduría?
Si ya sabemos que debemos vivir en
el aquí y en el ahora,
que es, en verdad, lo único que
realmente tenemos: el hoy;
¿por qué, entonces, no esforzarnos,
desde ese aquí y ese ahora,
en dominar plenamente los
previsibles designios del porvenir?
¿Por qué no?, si ya se nos ha dicho
que en la vida debemos
comportarnos con la sagacidad y la
veteranía de aquel arquero
experto que, con decisión y
firmeza, tensa la cuerda de su arco,
pero jamás la dispara sin antes
tener la previsible certeza
de que su flecha dará exactamente
en el centro de la diana.
Si sabemos ya que “el hombre
precavido vale por dos”,
¿por qué empeñarnos en vivir presa
de la incertidumbre?
Si sabemos bien que ciertamente “la
fe mueve montañas”;
mas, también se nos has enseñado
que “el ser que mueve
una montaña comienza moviendo muy
pequeñas piedras”,
¿por qué, entonces, no empezar ya a
mover las nuestras?
Si se nos has convencido ya de que
el hombre no es perfecto,
aunque sí es perfectible y que, por
tanto, estamos concebido
a imagen y semejanza de nuestro
Supremo Creador, con pleno
dominio sobre los elementos
naturales y que, en consecuencia,
tal y como su hijo unigénito,
podemos esforzarnos en caminar
sobre las siempre violentas y encrespadas aguas de la tormenta
para salvar a otro de la maldad en
que discurre su existencia,
¿por qué no creerlo dando aún más
vigencia a nuestra falta de fe?
Comprendámoslo, podemos y debemos
aprender a vivir muy
positivamente, estando siempre
“preparado para lo peor”;
debemos de aprender a iluminarnos
para la muy inminente
oscuridad en tanto que aún viajamos
bajo la luz del Sol;
Hemos de aprender a conjurar los
siete años de vacas flacas
sabiendo administrar, muy sabiamente,
los siete de vacas gordas.
Siendo así, y poseyendo ese enorme
caudal de previsoras intuiciones,
debemos, pues, vivir sin temor y
sobre la cúspide de la tormenta,
aprendiendo a vencer las cruentas
adversidades mucho antes
de que ellas concluyan venciéndonos
a nosotros impunemente;
y sin dudas que ya sabemos que la
única manera en que podremos
conseguirlo es: estando
conscientemente preparado para lo que sea,
muy independientemente de que sea
bueno, malo o regular
aquello que —a nosotros— nos haya
de acontecer en el futuro.
Autor: Rodolfo Cuevas©: 30/12/2010;
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