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El mundo se ha tornado extraño e incomprensible; en
él, lo mal hecho ha pasado a ser lo bien hecho y el malo ha ocupado el lugar
que antes le correspondía al bueno; los principios y valores, acuñados con
tantos esfuerzos y dedicación por nuestros ancestros, son ya cuestiones
extintas que han sido sustituidas por la vileza y el engaño; los heroicos
prototipos del ayer, hoy sólo son risibles caricaturas de vagos idealistas que
sueñan con la utopía de crear un mundo mejor; pues, aquí en la vida real, los
hampones y villanos resultan mil veces más valiosos que ellos; ya que, un gramo
de estupefaciente, un asalto a mano armada o un secuestro express,
resultan, materialmente, mucho más productivo que leer o crear un cuento, un
ensayo, una novela o un poema.
El mundo se ha trocado en una gigantesca e
inexplicable Torre de Babel, en una inmensa jaula de locos en donde
nadie cree ya en las verdades absolutas, sino en las mentiras acomodaticias que
les sirven los periódicos y telediarios dominados por el oro corruptor
proveniente de los criminales imperios del mal. Hoy sí es verdad que resulta
aplicable aquel viejo refrán que, desde hace tiempo, pregona: En este
mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal
con que se mira.
Aún así, a pesar de lo cruel y desesperanzador que
resulta ser el choque frontal con la cruda realidad de la vida, le advierto a
los sicarios de la maldad que, los guerreros del bien, no les tenemos miedo y,
desde aquí, desde esta humilde tribuna digital, nos mantendremos siempre
vigilante, clamando en el árido desierto de la esperanza...
La lucha entre el Bien y el Mal es una litis inmemorial; es, de las
numerosas batallas libradas por la humanidad en su secular existencia, la más
importante de todas; nosotros, los hombres de buena voluntad, aspiramos a ganarla
para imponer el Bien, pero los soldados del Mal nos sacan ciertas ventajas, ya
que, ellos, no tienen porque apegarse al cumplimiento de las leyes y nosotros
sí, pues debemos servir de ejemplo a los demás. Debemos admitir que ser un
guerrero del Bien conlleva obligaciones que no constriñen a los malvados, razón
ésta por la cual nos mantenemos a la zaga de aquellos que defienden la causa de
la maldad. De aquí resulta que, a los guerreros del Bien, se nos exija poseer
principios, virtudes y cualidades morales que no se le exigen a los abanderados
de la criminalidad; y, como ya vimos, también se nos exige —y esto a rajatabla—
cumplir con todas las disposiciones sociales, legales y hasta espirituales. A
un guerrero del Mal le es muchísimo más fácil corromper a un bueno, que a un
bueno captar a uno de ellos para servir en el área del Bien; pues, tales, viven
convencidos de que la maldad deja mucho más que la bondad; lo cual, en verdad,
no es real, ya que, según decía Edmund Burke, todo lo que un hombre de
bien debe hacer para que el mal triunfe sobre el bien es: no hacer nada.
Vemos así, como el Mal hoy tiene postrados a casi todos nuestros países
hispanos; y como los malos hábitos y delitos de todos tipos, aupados por el
auge de las drogas, la competencia y el facilismo social, colman las calles y
avenidas de sus barrios y suburbios más paupérrimos, amenazando ya con ubicarse
en los sectores más elitistas de tales sociedades; en tanto que, quienes dicen
o creen ser los mejores guerreros del Bien, se muestran indiferentes ante el
inaudito crecimiento de dicho flagelo. Por tales motivos, desde aquí —muy humildemente—
hago un llamado a todos aquellos seres que creen en la generosidad humana para
que empleemos nuestros bondadosos hechos como poderosas espadas a fin de hacer
prevalecer la causa del Bien sobre la del Mal; pues, convencido siempre de que la
vida es la antesala de la muerte, creo que la existencia humana no vale
o no ha valido la pena si ésta no aporta su exigua cuota de bondad para que el
Universo —nuestra casa en común— sea un poco mejor; ya que, así, tal y como
dijo Bosch, resulta ser: aquel que no vive para servir, no sirve para
vivir.
¡Ah las casualidades de la vida! ¡Cuán raras y
extraordinarias son! Él era astrónomo y, por mera coincidencia, su novia se
llamaba Estrella, una mujer bella como poca, razón por la cual se sentía ser un
ser dichoso y privilegiado; y, como siempre acontece con todos los buenos
amantes de los misterios celestes, el mirar las estrellas constituía su
entretenimiento favorito. Una noche, en tanto que las observaba atentamente,
notó que una de ellas refulgía con más intensidad que todas las demás; supuso
que tal estrella representaba a su amada y que, con su tan rutilante
centellear, parecía querer revelarle algo. De repente, muy sorprendido, vio
como ésta se desprendió, convirtiéndose en un meteoroide, aquello que comúnmente
llamamos una estrella fugaz... Al otro día, cuando el astrónomo fue a buscar a
su prometida, a fin de relatarle su extraña vivencia astrológica, supo que
ella... su querida y amada Estrella... precisamente durante la noche
anterior... se había fugado con otro...
Fragmento del Jardin de las delicias de Hieronymus Bosch El Bosco).
Así como hablamos de idioteces, sandeces,
estupideces y otras malolientes heces, podríamos calificar de trapisondeces
aquellos insólitos acontecimientos que, de manera muy continua, ocurren en Trapisonda.
Allí, las cámaras televisivas de los canales noticiosos del país, captaron a
varios diputados de la República mientras que,
fraudulentamente, votaban en la vista de una reforma constitucional, por
ellos mismos y por otros colegas ausentes. ¿Imaginen qué constitución podría ser
aquella? Si, además de estar amañada, cercena los derechos esenciales, niega a los ciudadanos el libre
acceso a las playas y demás balnearios públicos y prohíbe el aborto, lo que
equivale a aupar su comercialización, pues todo aquello que socialmente se
prohíbe incrementa extrañamente su demanda... y... hasta su valor...
En tal lugar, los partidos mayoritarios se reparten
el país por pedacitos, cada dos o cuatro años, cual si fuera éste una vulgar
torta de harina y los demás ciudadanos, dizque siempre preocupados por la
salud política de la nación, no conforman un frente común que los enfrente,
porque todos aspiran al mismo puesto: La sacrificante Presidencia de la
República...
La energía eléctrica existe y se cobra en Trapisonda,
pero es extraño ver luz allí —a menos que no sea la del día—, esto en razón de
que las plantas energéticas siempre están apagadas a fin de ahorrar dinero con
que pagar la creciente e infartante deuda externa que ya se ha tornado
eterna... Aupadas por las tinieblas provenientes de la sombría y tenebrosa
oscuridad de la noche, las infracciones y perturbaciones sociales han tenido un
aumento tan inconcebible que el ministro de lo interior, además de haber prohibido
la vida social después de la medianoche, acusa a su propio gobierno de
incentivar el auge de la delincuencia y, por ende, del incremento de la
violencia...
Y, el inefable director de la Policía —un subalterno
del anterior—, se ha dedicado ha utilizar su ya perdida credibilidad para
falsear la verdad: un día apresó al dirigente máximo del sindicato de los
médicos, quienes exigían ciertas mejoras saláriales, y fotoshopeó las
fotos que mandó a los medios de comunicación para ocultar las esposas que lo
constreñían; mas su protagonismo alcanzó alturas teatrales cuando, en un
reciente secuestro, reveló que el supuesto secuestrado escapó y fue liberado
a la vez por la Policía, a pesar de que, sus temibles captores, lo
tenían en una alta e incomunicada montaña, pasando hambre, esposado, con frío y
sin poder dormir, éste apareció, 22 días después de plagiado, mucho más
saludable, limpio, oloroso y bien afeitado que antes del secuestro. Y, según él
(quien aún no se sabe cómo rayo abrió las esposas y escapó de sus raptores),
jamás vio los rostros de sus plagiarios, puesto que éstos siempre estaban
encapuchados; mas, al día siguiente del inaudito escape, acompañado del
director de la Policía, fue a la morgue del Departamento Nacional de Patología
Forense y sin dudar un instante, identificó los cadáveres de éstos,
precisamente por sus rostros. Según el director policial, tales delincuentes, mágicamente,
habían muertos el día anterior en un recio intercambio de disparos acaecido con
agentes policiales algunos de los cuales fueron heridos y hasta ascendidos;
pero, días antes de su muerte, los alegados malhechores habían sido entregados,
vivitos y coleando, por autoridades y habitantes del lugar en que se
efectuó el supuesto secuestro, a la propia Policía.
Y de aquí se desprendió que, en el colmo de todos
los colmos posibles, el Alcalde de la población, quien, como principal
autoridad del lugar, dirigió y llevó a cabo el apresamiento de tales
sospechosos y su posterior entrega a la Policía —vivitos y coleando como
resaltamos antes— revelara que el propio director de la Policía le pagó 5,000
pesos a fin de comprar la complicidad de su silencio ante tan patético caso;
aquí es obvio que resulta aplicable el precepto jurídico aquél que reza: A
confesión de parte, relevo de pruebas.
¿Y qué del Presidente de Trapisonda ante
estos extraños sucesos? ¡Éste, muy bien gracias! En realidad, él es un hombre
serio, bastante serio, lo lamentable es que jamás ha ejercido con verdadera
honestidad su tan comprometida seriedad...